Archivo de la categoría: Despoblación rural

¿Ecología versus agricultores? Publicado por Nueva Tribuna y el Público

Esta semana primero en Berlín y después en París y grandes ciudades como Lyon o Toulouse, miles de agricultores, bloquearon las entradas con sus tractores. En el centro de sus demandas y malestar se encuentran la imposición de nuevas regulaciones de protección del medio ambiente. Medidas que generan más costes y degradación de márgenes a los ya escasos que sufre el colectivo en toda Europa, también en nuestro país. En París incluso, se quejan de la actuación  del propio movimiento ecologista y vegano.

Foto: Twitter

Esta batalla, dónde a primera vista, pareciera que los agricultores y ganaderos simplemente se están resistiendo al signo de los tiempos, reaccionando en contra de las medidas que la sociedad exige de lucha contra el cambio climático, en realidad esconde uno de los conflictos más importantes de las sociedades modernas. Se trata de decidir quién paga los costes de “la transición climática”, en definitiva, qué colectivos serán los ganadores y quienes los perdedores de este proceso que marcará un cambio radical en el sistema económico.

Esta batalla, dónde a primera vista, pareciera que los agricultores y ganaderos simplemente se están resistiendo al signo de los tiempos, reaccionando en contra de las medidas que la sociedad exige de lucha contra el cambio climático, en realidad esconde uno de los conflictos más importantes de las sociedades modernas. Se trata de decidir quién paga los costes de “la transición climática”, en definitiva, qué colectivos serán los ganadores y quienes los perdedores de este proceso que marcará un cambio radical en el sistema económico.

Necesitamos poner en la agenda políticas públicas y financiación hacia una transición alimentaria que ponga en el centro el desarrollo de modelos menos intensos en el uso de recursos, más eficientes y más resilentes

La alimentación y por tanto la agricultura es uno de los sectores que más impacto sufre y sufrirá por las consecuencias del cambio climático y sin embargo es uno de los más desprotegidos y dónde existe un auténtico agujero negro en cuanto a planificación y políticas públicas, no digamos en nuestro país. Cambios que ya sabemos que van causar a la desaparición de cultivos tradicionales, algunos de los que necesitan temperaturas bajas, mayor estrés hídrico en numerosas cuencas; mayor mortalidad en la cabaña; cambios en la floración y ciclo de cultivo que dará como resultado: bajada de productividad y rendimiento de cultivos, así como un aumento del riesgo de pérdida de cosechas por fenómenos extremos y consecuentemente una más que probable caída de renta agraria y abandono de la actividad y los campos.

Una transición que aparece como una auténtica amenaza al modelo de agricultura de pequeña escala y familiar, justamente aquella que mantiene vivos los pueblos y que supone uno de las pocas alternativas eficientes para conservar la biodiversidad, los suelos, el control de incendios, y en definitiva, enfriar el planeta. Un sector, en profunda crisis, dónde apenas si se cubren los costes, expuestos al vaivén de los mercados internacionales por obra y gracia de los acuerdos de libre comercio, y a los que ahora les cae encima los costes asociados a una transformación de enorme magnitud ante la que no tienen ningún apoyo ni acompañamiento y que amenaza con ser la puntilla.

Sin embargo, los mismos actores que han generado la crisis climática han puesto en marcha el proceso de transformación agraria, dónde una vez más se trata de apostar por grandes empresas, que acaparen extensiones enormes de tierramuy capitalizadas que les permiten afrontar los costes de transición, altamente ligadas a la gran industria alimentaria y a los mercados globales para la exportación. Pero, para eso, necesitan acabar con la agricultura y ganadería familiar y de pequeña escala y sustituirla por asalariados. Los agricultores y agricultoras, dicho en otras palabras, sobran.

Por todo ello necesitamos poner en la agenda políticas públicas y financiación hacia una transición alimentaria que ponga en el centro el desarrollo de modelos menos intensos en el uso de recursos, más eficientes y más resilentes. Pero sobre todo que asegure una transición justa, que además ponga el modelo de producción en el centro, apostando e incentivando el desarrollo de una agricultura a pequeña escala y revitalizando el tejido poblacional en el área rural y conectarla con las necesidades de alimentación sana de las mayorías sociales y no de mercados internacionales.

Algo no se está haciendo bien, si los agricultores y agricultoras que enfrían el planeta y aseguran la alimentación sana, ven la transición ecológica como una amenaza y no como su gran oportunidad.

Javier Guzmán

Director de Justicia Alimentaria

El despoblamiento rural cotiza al alza. Publicado por Ets el que Menges

¿Os habéis preguntado alguna vez si necesitamos que existan personas que se dediquen a la agricultura?

Que estos últimos años vivimos una auténtica ola de despoblamiento rural ya no lo cuestiona nadie; de hecho, en los últimos meses ha saltado a la agenda pública gracias a la reacción de los movimientos sociales en defensa de un mundo rural vivo.

El despoblamiento rural cotiza al alza

Este despoblamiento ha sido el resultado de décadas de una política agraria que ha abandonado la agricultura y ganadería de pequeña escala y que ha otorgado un inmenso poder a los grandes oligopolios, que controlan los insumos del sector agrario, energía, fertilizantes, piensos, semillas y la distribución alimentaria.

Lo que tenemos consecuencia de ello –y no podía ser de otra manera– no es un despoblamiento rural genérico, sino una desaparición de las personas que se dedican a la agricultura y ganadería familiar y de pequeña escala, justamente las que han mantenido la vida en nuestros pueblos y la gestión del territorio. La última encuesta de la UE dice que entre los años 2003 y 2013 España ha perdido un 13, 4% de las explotaciones, y que la población activa en el sector primario está en el 3%, la gran parte por encima de los cincuenta años. Sin embargo, la misma encuesta también dice que la superficie dedicada a la agricultura se mantuvo casi estable durante el período 2003-2013; la disminución en el número de explotaciones implica un aumento significativo de concentración agraria: es decir, menos fincas y cada vez más grandes. Y no solo eso, sino que estas fincas y explotaciones están en un proceso en el que están pasando a ser gestionadas por sociedades mercantiles y fondos de inversión.

Sin embargo, paradójicamente, a la vez que nos dicen que el campo no tiene futuro, que no se puede vivir de él y que por eso la gente debe emigrar, vemos que la inversión en agricultura es una megatendencia a nivel mundial, con rentabilidades muy superiores a otros sectores productivos, y además con una volatilidad mucho menor y con una perspectiva al alza a medio plazo. Entre otras cosas porque cada vez hay más millones de personas que alimentar. Sin ir más lejos, las cifras estatales son apabullantes: por ejemplo, en agricultura, el valor de la producción, según datos del Ministerio de agricultura, ha crecido de 26.148 a 29.031 millones de euros en los últimos diez años; y además España se ha convertido en estos últimos años en el tercer productor mundial de cerdo y en el tercer exportador mundial.

El proceso de transformación agraria está en marcha; se trata de apostar por grandes empresas, que acaparen extensiones enormes de tierra, muy capitalizadas, altamente ligadas a la gran industria alimentaria y a los mercados globales para la exportación. Pero, para eso, necesitan acabar con la agricultura y ganadería familiar y de pequeña escala y sustituirla por asalariados. Los agricultores y agricultoras, dicho en otras palabras, sobran.

Estos movimientos de fondos y grandes empresas que integran toda la cadena de producción amenazan con transformar nuestro sistema agrario y acabar con la vida de nuestros pueblos; por lo que Europa pasaría de ser una agricultura basada mayoritariamente en pequeños y medianos agricultores a otra, altamente industrializada, sin ellos. Para que este proceso tenga lugar, necesitan que se vayan ya, que los más viejos les malvendan sus tierras y evitar el relevo generacional, porque es ahí dónde está el meollo del asunto, el control de la tierra y los escasos recursos hídricos.

Pero no os equivoquéis: en este modelo de agricultura extractivista, hay algunos pocos que ganan, pero en realidad va en sentido contrario hacia lo que no solo reclamamos organizaciones y movimientos sociales, sino instituciones internaciones como la FAO, que es reclamar la importancia crucial de la agricultura de pequeña escala, ligada al comercio local, como antídoto contra procesos dramáticos como la crisis climática, el despoblamiento rural, el hambre o el avance de las enfermedades ligadas al alto consumo de alimentos procesados y altamente industrializados.

No podemos hablar de un proceso de despoblamiento, sino de expulsión.

Javier Guzmán

Director de Justicia Alimentaria

De chorizos y lentejas. Publicado en El Periódico

Hemos olvidado el cultivo de la legumbres y,  a la vez,  hemos subvencinado e hipertrofiado una industria cárnica que nos devora.

Estos días ha saltado a los medios la noticia de que cientos de miles de kilos de lentejas se están echando a perder en almacenes de Cuenca porque no encuentran comprador. Parece que las grandes cadenas han optado por importarlas de Canadá aunque los agricultores de Cuenca habían bajado el precio hasta el límite.

Varios granos en bolsas Foto gratis

En varios periódicos ya pueden ustedes leer que es por culpa de la gente que no compra lenteja castellana, que no somos lo suficientemente patrióticos. Y esta tragedia que parece algo lejano, solo del mundo agrario, nos afecta en realidad a todos.

Miren, hoy en día todos hemos oído hablar de que debemos aumentar nuestro consumo de legumbres y bajar el de carne, sobre todo carnes rojas y procesadas, por su impacto enorme en nuestra salud: cardiopatías, cánceres, diabetes, hipertensión son enfermedades derivadas de este consumo cárnico que se come ya el 14% del total del gasto sanitario. En nuestro país este consumo es dramático, ocho veces más que el máximo recomendado por la OMS, y ha desplazado el consumo de alimentos sanos como las legumbres, entre ellas, las lentejas, que justamente son las que están relacionadas con una disminución del riesgo de enfermedades. ¿Adivinan cuáles? Pues sí, las mismas cuya incidencia aumenta la carne. Y además generan un impacto positivo sobre el medioambiente y nuestra agricultura, pues mejoran la fertilidad de los suelos, y lo más importante: mantienen el empleo y la vida en amplias zonas de la ‘España vaciada’.

Y a pesar de que no llegamos al consumo recomendado de legumbres, en España la demanda interna es muy superior a la producción propia. Aproximadamente el 80% de las legumbres que consumimos son de importación. En cuanto a las lentejas, el 65% son importadas, fundamentalmente de Canadá.

Necesaria transición proteica

Para entender qué está pasando, hay que mirar un poco hacia atrás. Veremos que en nuestro país, entre los años 60 y la actualidad, apenas si hemos aumentado nuestra producción de legumbres. En cambio, otros países han apostado por ello; países como Canadá la han multiplicado por 10. Así, en estos momentos Canadá produce el 40% de todas las legumbres a nivel mundial debido especialmente a un programa y una política intensa de inversiones e investigación en este sector.

o por el lado contrario. Hemos olvidado y abandonado el cultivo de legumbres, y hemos apostado por invertir miles de millones de euros en la industria cárnica y el cereal para fabricar y abaratar el precio del pienso. Esto es más del 70% de todo el presupuesto de la PAC (Política agrícola común). Resumiendo, hemos subvencionado e hipertrofiado una industria cárnica que nos devora. ¿Y qué ha pasado con la de las legumbres? Pues en las últimas décadas apenas si llega al 1%.

Ya ven que el problema de nuestras lentejas, de nuestra salud, de nuestro medioambiente y mundo rural no se arregla con banderas y golpes en el pecho, sino con políticas públicas y financiación que aborden la necesaria transición proteica y ecológica de nuestra dieta y agricultura.

Javier Guzmán

Director de Justicia Alimentaria

Comer sin explotar. Publicado en Soy como como

Hoy leía en el periódico que, como cada año, en Huelva se ofrecen 23.000 puestos de temporeros para la recogida de la fresa, y que solo se habían presentado 970 personas en la tercera provincia con más paro de España. Esto supone cerca del 23%, por lo que la noticia contaba que las empresas de la fresa de producción intensiva tendrían que recurrir a la mano de obra inmigrante. Si los de aquí no quieren trabajar, ya saben, no se va a quedar la fresa en el campo. Pensaba entonces si esa falta de interés en realidad no tendría que ver con salarios bajos, con jornadas extenuantes, con condiciones de vida pésimas y además, si eres mujer, con el riesgo a sufrir agresiones sexuales, tal y como denunciaba el año pasado una investigación periodística de la revista alemana Correctiv y BuzzFeed News.

Me acordé de que, no hace mucho, pude leer en otro periódico que un trabajador de un invernadero de Níjar, Mohammed El Bouhaled, de 27 años, falleció después de pasar todo el día sulfatando.

Fue un accidente, dirán, pero lo que no lo es son las condiciones de vida de cientos de trabajadores y trabajadoras en los invernaderos del sur de España –muchos de ellos sin papeles, explotados, viviendo en chabolas, sin luz, ni agua– que denuncia el documental de la cadena pública de televisión alemana Das Erste con el título La sucia cosecha de Europa. El sufrimiento tras el negocio de frutas y verduras.

Casi al mismo tiempo, aparecía en las noticias que, en Binéfar, se va a instalar el mayor matadero de Europa, y que dará trabajo a 1.600 trabajadores. Al leerlo me venía la duda a la cabeza: ¿Pasará como con los temporeros de la fresa de Huelva? ¿Será que los salarios, contratos y condiciones laborales serán dignos y no de absoluta precariedad laboral como llevan años denunciando el colectivo Càrnies en Lluita en Catalunya? ¿Tiene esto algo que ver con las protestas de las conserveras este verano en Galicia para lograr mejorar sus condiciones de trabajo y acabar con eso que llaman “modalidades de subcontratación fraudulenta”? ¿Y si hubiera un hilo invisible que los conecta con la explotación que sufren cientos de jóvenes repartidores de estas empresas tan tecnológicas que te traen una pizza a casa en bici a golpe de clic? Todas esas vidas parecen la misma.

Este hilo invisible que une a los pobres que trabajan en condiciones insoportables y a los otros pobres que compran comida procesada de baja calidad, la que nos enferma por un módico precio, se llama “beneficio empresarial de las grandes corporaciones alimentarias”. ¿Será que estos emporios podrían vivir sin explotar? Me parece que no.

Javier Guzmán

Director de Justicia Alimentaria

Los impactos de la ganadería industrial en “Carne Cruda” radio

“En Huesca se incrementan los cerdos en mil más por día”. Hoy hemos hablado en @ sobre los impactos inasumibles en nuestra salud, medioambiente y mundo rural de la ganaderia industrial.

Abrimos en canal la industria cárnica, analizamos su impacto en el planeta y la crueldad de sus prácticas con alguien que lleva más de una década investigando granjas y mataderos, Javier Moreno, director de la ONG Igualdad Animal. Y con Javier Guzmán, director de la ONG Justicia Alimentaria y parte de la Coordinadora Estatal Stop Ganadería Industrial. Todo esto en Consuma Crudezade Brenda Chávez.

https://www.eldiario.es/carnecruda/consuma-crudeza/industria-carnica-mata-millones-animales_6_855724425.html

La insostenibilidad de tanto cerdo. Publicado por el Periódico

Es urgente acometer un proceso de reconversión integral y ambicioso del sector del porcino, que contemple medidas como la prohibición de megagranjas.

Recientemente el diario ‘The Guardian’ publicaba un artículo en que se informaba sobre el aumento de la tasa de mortalidad de las cerdas en EEUU que ha generado una alarma importante en el sector. Las causas que se apuntan son dos, las condiciones de confinamiento de los animales en los sistemas industriales de producción y por otro lado la crianza intensiva destinada a producir más lechones.

 

 

 

 

 

 

 

Todo parece indicar que en esto una vez más la industria cárnica ha ido demasiado lejos. Un sistema que ha generado un aumento exponencial de consumo de carne ‘barata’ convirtiéndose en un problema de primer orden en cuanto a la salud pública y que tiene un impacto determinante en el cambio climático.

Pero nos equivocaríamos en pesar  que todo esto es culpa de la ganadería, y que lo mejor es que desapareciera. La realidad es que hasta hace pocas décadas la producción animal no era un problema, de hecho si ahora lo es, es como consecuencia de un crecimiento desmesurado e hipertrófico de la industria y producción cárnica. Por ejemplo, sin ir más lejos, en nuestro país, el problema se llama producción de cerdo, que acapara el 64% de toda la producción cárnica. La historia de este descalabro social, sanitario y ecológico comienza con los procesos de liberalización agrícola donde el entramado de grandes compañías de grano y sojeras vio la ganadería ‘industrializada’ como un mercado estupendo para volcar para sus excedentes de piensos  baratos.

Desaparición de las explotaciones familiares

Como consecuencia, en España desde los años 60 hacia acá hemos pasado de una producción de 5 millones de cerdos a más de 30 actualmente, y cuya producción está principalmente en manos de tres empresas. En el 2016, el porcentaje de exportación de carne de porcino sobre el total de la producción fue del 70%.

Frente a esta realidad, la ganadería de pequeña escala ha ido desapareciendo. Así, las explotaciones porcinas se han reducido un 13,72% entre el 2007 y el 2016, fundamentalmente las explotaciones familiares con menor capacidad. En Catalunya, la principal zona productora del estado, solo el 10% de las explotaciones tienen menos de 200 animales.

La producción ganadera en pequeña escala se basa principalmente en explotaciones familiares, y son cruciales para asegurar un sistema sostenible de producción y la creación de empleo y, por tanto, la lucha contra el despoblamiento y conservación del territorio.

Por ello es urgente acometer un proceso de reconversión integral y ambicioso del sector del porcino, que contemple medidas como la prohibición de megagranjas.

Una regulación para el fomento de un sistema de producción ganadera sostenible, que la haga compatible con los recursos naturales disponibles, tanto agrícolas, hídricos y ambientales. Para ello será imprescindible la limitación del número máximo de animales por explotación, pero también por territorio, justamente para evitar la concentración actual  que  ha generado una densidad inviable para lugares como la provincia de Huesca, donde en los últimos dos años el número de cerdos ha aumento en 1000 animales cada día, repito, cada día.

Asimismo, el fin de las subvenciones directas e indirectas a la industria cárnica y una política fiscal que incentive la producción ganadera sostenible  y grave las externalidades medioambientales de las industriales.

Ahora toca regular y poner límite a la voracidad de la industria cárnica.

Javier Guzmán

Director de Justicia Alimentaria

Recuperar las cocinas públicas. Publicado en La Marea

Como ya ocurre en otros países como Francia “debemos poder decidir el modelo de alimentación colectiva y pública que queremos”.

Entre las familias y asociaciones de madres y padres de alumnos corre un  vendaval en favor de una transformación del actual sistema de alimentación en las escuelas. El modelo hegemónico en todo el Estado español es un modelo de alimentación colectiva privatizado, la mayor parte en manos  grandes empresas de catering, que han sido las únicas y grandes beneficiarias de este modelo, llegando a que el 78 % de los menús son realizados por estás empresas. Este ha sido un modelo impulsado por las administraciones públicas las últimas décadas que se ha evidenciado obsoleto y fracasado.

Sin embargo, en otros países, como nuestra vecina Francia, las cosas van por otro lado. Van por recuperar la importancia de la alimentación en la etapa escolar, así como el papel de lo público. Abandonando por tanto el sistema imperante de privatización de las comedores y recuperando el control y gestión de la alimentación  a través de sistemas de cocinas municipales encargadas de realizar esta tarea, como es el caso de Montpellier donde han emprendido un plan de construcción de las cocinas centrales que proporciona comidas para los comedores de 123 escuelas de la ciudad. Pasa lo mismo en Lille, Grenoble o en Nantes dónde la cocina municipal se encarga de los 14.000 menús escolares diarios. Como estas hay otras muchas más. Unas cocinas que no son meros centros de ensamblaje o destinados a calentar precocinados, como suelen ser actualmente las cocinas de muchas escuelas gestionadas por caterings, si no que las verduras, legumbres, carnes, etc., llegan crudas y allí son preparadas y cocinadas.  Este sistema de cocinas centrales, además de garantizar una alimentación saludable e igual para todos los niños y niñas, vivan en el barrio que vivan y tengan la renta que tengan, aumentan el acceso al mercado para los productores locales y regionales. Muchos agricultores y ganaderos, especialmente los más pequeños, se ven amenazados por la falta de una infraestructura de distribución de magnitud adecuada que les proporcionaría un futuro viable a sus explotaciones

En el Estado español apenas si hay experiencias, entre ellas destaca la cocina municipal de Orduña que finalmente hace un mes consiguió el permiso para poder trabajar, después de más de ocho años de trabajo y lucha por parte de las Asociaciones de productores y productoras Bedarbide y Urdunako Zaporeak, la Asociación de comerciantes ACCOR y la comunidad escolar, el servicio de dinamización agroecológica Ekoizpen y el Área de Promoción Económica del Ayuntamiento, y que desde Justicia Alimentaria hemos apoyado y acompañado.

Debemos poder decidir el modelo de alimentación colectiva y pública que queremos. Necesitamos cambiar el actual modelo hegemónico de un servicio privatizado y precarizado, y recuperar el papel de lo público en la alimentación de escuelas, residencias, hospitales etc., que asegure el derecho a la alimentación sana y adecuada de todos.

Javier Guzmán

Director de Justicia Alimentaria