Archivo de la categoría: agroecología

La tentación verde. Publicado por Nueva Tribuna y Público

El aumento del consumo de alimentos ecológicos no hace nada más que aumentar, convirtiéndose ya en uno de los grandes vectores que conformarán el mercado en los próximos años. Así lo cree la empresa consultora  Research and Markets que en su estudio “Global Organic Food Market Forecast and Opportunities 2020, prevé que el mercado mundial de alimentos orgánicos crezca a una tasa compuesta anual de más del 16% hasta el 2020.

España además se ha convertido en el país con mayor superficie de la UE dedicada a la producción ecológica, con 1,6 millones de hectáreas de cultivo. El consumo nacional también ha aumentado, aunque el 75% de la producción se acaba exportando. Pero a lo que pareciera una muy buena noticia en realidad esconde importantes amenazas que es necesario analizar.

Por un lado, las estadísticas dicen que los consumidores piden cada vez más productos ecológicos. Esto es cierto, pero, ¿todos? Según el último estudio elaborado por el MAGRAMA sobre la “Evolución de la tipología y perfil sociodemográfico del consumidor de alimentos ecológicos en España”; en los últimos tres años el consumo de productos ecológicos ha aumentado, representando un 29.3% de la población española, en la que en algún momento han consumido productos ecológicos, frente al 26.1% en 2011. A pesar de este aumento el consumo de este tipo de productos no está extendido a todas las clases sociales. El perfil del consumidor de productos ecológicos se caracteriza por ser de clase media alta, con una edad media de unos 43.7 años. Según este informe, la razón principal de estos consumidores por la que consumen este tipo de productos es por salud y en segundo lugar por el sabor.

UN MERCADO SUCULENTO PARA LAS GRANDES MULTINACIONALES

Frente a esta realidad, grandes multinacionales ya se han lanzado a ocupar este mercado, con un fuerte apoyo desde la administración pública. Ya podemos ver cómo grandes empresas de distribución llenan sus estanterías de productos ecológicos y cómo grandes compañías  desarrollan insumos agrarios destinados fundamentalmente a lo que consideran el gran reto, producir ecológico a gran escala. De esta forma se cambiaría el tipo de producto pero no se tocaría en absoluto la actual estructura y control de la alimentación en manos de pocas multinacionales.

Es una buena noticia saber que los trabajadores de estas grandes plantaciones no son envenenados sistemáticamente por agrotóxicos y pesticidas, pero no podemos darnos por satisfechos.

Si bien es fácil caer en la tentación de comprar productos ecológicos en los grandes supermercados, al hacerlo no podemos engañarnos, debemos saber que seguimos entonces consolidando un sistema alimentario basado en alimentos kilométricos provenientes de la otra parte del mundo, que el consumo de este tipo de productos no va a cambiar los problemas de deforestación, de acaparamiento de tierras, de uso excesivo de recursos hídricos, la explotación de millones de trabajadores con salarios bajos y penosas condiciones laborales, no va a cambiar el actual modelo industrial dónde es más barato comprar comida basura preparada que alimentos frescos de calidad.

Debemos seguir luchando por la soberanía alimentaria

Se trata al fin del desarrollo de un mercado exclusivo para una élite que se lo puede pagar y la mejor excusa para no abordar los necesarios cambios en el actual modelo de alimentación globalizada. No resuelve los enormes problemas que este sistema causa a millones de personas. Es necesario desmontar la imagen benéfica de este consumismo verde y reivindicar más que nunca que este no es el modelo de alimentación que queremos. Debemos seguir pensando de una manera más sistémica y luchar por una agricultura y alimentación con campesinos y campesinas, basada en la producción local y la comercialización a través de circuitos cortos. El derecho a alimentación debe estar en el centro y el control de la alimentación debe tenerlo la ciudadanía. Debemos seguir luchando, al fin, por la soberanía alimentaria.

Javier Guzmán

Director de VSF Justicia Alimentaria Global

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Matar las vacas. Publicado por Nuevatribuna.es y Público

En 1994 existían en España 140.000 explotaciones lácteas. Hoy 17.000

Los diez grupos lácteos más importantes manejan el 80% de toda la leche que se recoge en España

La desaparición este año de la cuota lechera beneficia directamente al proceso de concentración que la industria alimentaria y ganadera está impulsando los últimos años. La desaparición de las cuotas lecheras no es un ajuste técnico de un sector en concreto, se trata en realidad de una apuesta ideológica por la desaparición de los últimos vestigios de lo que fue una regulación de mercados y que tiene impactos dramáticos más allá de los puramente sectoriales.

Estos últimos meses después de las cuotas podemos observar de una manera vertiginosa los nefastos resultados. Así vemos como la mayoría de las empresas lácteas están ofreciendo contratos a ganaderos con un precio base de 0,26-0,28 euros litro e incluso han pagado a precios de 0,22 a partir de amenazar al ganadero con dejarle de recoger y luego “hacerle el favor” de llevarle la leche. Todo esto muy lejos de los costes de producción calculados en 0,34 euros, por tanto obligándolos a trabajar a pérdidas. Además, la eliminación de las cuotas ha erosionado  aún más el poder de negociación de los productores. La ecuación a la que se enfrentan es sencilla, o venden al mínimo precio y la cantidad que les dicen, o no les recogen la leche, porque ya no tienen obligación de hacerlo.

Frente a esta situación, es escandalosa la total inacción de la administración pública, que lejos de reaccionar, tan sólo ha sido capaz de establecer un fondo limitado en el tiempo de pago directo como una manera de cuidados paliativos antes de la segura muerte de la ganadería familiar en nuestro país. El mensaje es claro, solo los más grandes y los más integrados podrán sobrevivir, el resto vayan haciendo las maletas.

DESCARADO OLIGOPOLIO

En este momento, los diez grupos lácteos más importantes manejan el 80% de toda la leche que se recoge en España. El 60% de la leche recogida se destina a la leche líquida envasada; en este subsector, siete empresas controlan el 75%, y las tres primeras más del 40%. Del resto del mercado lácteo (del que, como se ve, apenas queda nada), el 50% lo controlan, directamente, los supermercados a través de sus “marcas blancas”. No se ve mucha atomización, más bien un descarado oligopolio.

Se trata de un planteamiento absolutamente ideológico que no tiene en cuenta ladestrucción de empleo local y pérdida de población rural. En muchas comarcas del país para los que la ganadería era el elemento básico de fijación de población y la realidad es que llueve sobre mojado, la desaparición de la ganadería familiar no deja lugar a dudas. En el estado español, en los últimos 50 años se han perdido 112 explotaciones al día, pero la intensidad de la extinción se ha incrementado últimamente y en los últimos 8 años ha ascendido a 255 pérdidas al día. En 1994, existían en España 140.000 explotaciones lácteas. Hoy, sólo quedan 17.000. Y no sólo en la fase productiva, cualquier iniciativa de pequeña escala en las fases de transformación y comercialización tiende a seguir la misma suerte. La apisonadora de los que mandan en la cadena las hace inviables.

LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA MIRA PARA OTRO LADO

Después de este planteamiento la pregunta parece obvia ¿De verdad, no hay otra forma de organizar el sector de forma que sea más justo y equilibrado y por tanto proteja la economía local de pequeña escala? ¿De verdad la administración pública sólo puede mirar para otro lado mientras desaparecen pueblos enteros?

Pues bien, mientras en España la ganadería lechera no participa del beneficio de la venta de un litro de leche y pierde dinero, en Canadá la ganadería se queda con el 54% del precio final de venta de ese mismo litro de leche. Así en el Estado español de cada 100 euros que pagamos por la leche, según el MARM, la fase de producción se queda con un beneficio de 0 €, la distribución se queda con al menos un 60% (pudiendo llegar a ser del 90%) y el resto (10%-40%) se lo queda la industria. Las diferencias entre Canadá y el Estado español no existen por casualidad.

Entonces ¿qué es lo que están haciendo estos locos canadienses? Pues aunque nuestros gobernantes les parezca una blasfemia, en Canadá tienen una política directa de intervención en los mercados, con el objetivo de reforzar las partes más débiles de la cadena de producción y equilibrar población y territorio.

En Canadá han desarrollado un modelo de gobernanza del sector donde las ganaderías son miembros de las juntas de negociación provinciales de venta de leche y venden su leche ahí. Estas juntas son gobernadas en cada provincia por las ganaderías y tienen la autoridad legal de regular, decidir precios e inspeccionar la calidad láctea. Las ganaderías y el gobierno deciden estos elementos anualmente, estando también presentes la industria y la distribución. Están presentes sí, pero, y esto es clave, tienen voz pero no voto. Con este mecanismo las ganaderías pueden cubrir sus costes de producción y asegurarse unas condiciones justas, por tanto no necesitan subsidios para este apartado y eso favorece a la ciudadanía que, además, paga menos impuestos para ello.

Que nadie se engañe, el desmantelamiento de la regulación del sector lechero en Europa supone la punta de lanza de toda una estrategia dirigida a exterminar la agricultura y ganadería campesina y familiar para entregarle en total control de nuestra alimentación a grandes multinacionales.


Javier Guzmán Director de VSF Justicia Alimentaria Global

Andoni García Arriola Miembro de la ejecutiva de COAG y de EHNE Bizkaia

TTIP: La Carne que nos matará. Publicado en Nuevatribuna.es

Las grandes empresas cárnicas estadounidenses necesitan urgentemente derribar las restricciones al uso de antibióticos en Europa y así poder comercializar y producir a mayor escala.

Un 35% de la cosecha de grano del mundo (760 millones de toneladas) es utilizada con fines de producción animal

Las últimas décadas el consumo de carne a nivel mundial no ha parado de crecer, desde 44 millones de toneladas en 1950 a 284 millones de toneladas en 2009 y todo indica que así será los próximos años. Este aumento de consumo de carne lleva obviamente aparejada un aumento de la producción animal, lo cual genera enormes problemas de sostenibilidad, consumo de agua y de competencia directa del derecho a la alimentación de millones de personas, así se estima que un 35% de la cosecha de grano del mundo (760 millones de toneladas) es utilizada con fines de producción animal.

El sector cárnico, en las últimas décadas y de forma paralela, ha sufrido una enorme transformación marcada por una mayor industrialización y verticalización del sistema de producción. Así vemos cómo en pocos años este proceso ha hecho desparecer silenciosamente miles de granjas familiares y la aparición en su lugar de Factorías o fábricas de producción animal, cada vez más grandes y por eso es cada vez es más frecuente encontrarse en la prensa el fenómeno de las mega granjas, con cientos y miles de animales. En este momento solo las cuatro primeras empresas cárnicas controlan el 85% del mercado mundial.

EL USO DE ANTIBIÓTICOS

Pero para que este despropósito de factorías de miles animales hacinados haya sido posible es imprescindible contar con la inestimable ayuda de los antibióticos, el consumo del cual no ha hecho nada más que crecer. Las sustancias antimicrobianas se emplean en veterinaria con fines terapéuticos y profilácticos para tratar infecciones. Pero los antibióticos también pueden ser empleados en producción animal por otras dos razones, además de la curativa. Las dos razones son la preventiva y como promotores de crecimiento. Las condiciones de la ganadería industrial ha provocado un grado variable, pero existente, de inmunosupresión en los animales haciéndolos más propensos a enfermar.

Tal es su importancia que el aumento masivo y global de la producción de carne en factorías se prevé que en el año 2030 su uso se habrá incrementando en un 67 por ciento, lo que representa una “amenaza para la salud pública”, según afirma un estudio recientemente publicado en el Proceedings of the National Academy of Scientists (PNAS) de Estados Unidos.

El uso de antibióticos se duplicará en Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica (BRICS) debido a la transformación de su sector hacia sistemas .El estudio además afirma que el uso de antibióticos ya está dando lugar a una crisis de resistencia a los antibióticos en los EE.UU y en la Unión Europea.

Según la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) (año 2012), la resistencia de la bacteria Salmonella spp. aislada de los casos que han afectado a humanos, se sitúa cerca del 50% para los antibióticos más utilizados. Es decir, que la mitad de la veces que alguien enferma de Salmonella y es tratado con antibióticos, estos no funcionan. La media europea se sitúa entre un 25 y un 30% en función del antibiótico. En el caso de Campylobacter, las cepas aisladas en los casos que han afectado a humanos, vemos que más del 80% de las cepas aisladas que afectaban a humanos en España eran resistentes a los seis antibióticos más usados. Y finalmente, analizando las cepas de Escherichia coli aislada en los casos de contaminación de alimentos vemos que para la carne de pollo la resistencia rondaba el 30% y para la carne de cerdo el 25%. No solamente la EFSA confirma esta situación, así según datos del atlas mundial de la OMS, en España la tasa deEscherichia coli (responsable, por ejemplo, del 80% de infecciones urinarias) es resistente al 34,5%.

En la Unión Europea la Directiva 1831/2003 prohibió los llamados Antibióticos Promotores del crecimiento en Europa a partir del 2006. Es decir, no se pueden administrar estas substancias (normalmente a través del agua de bebida, pienso o a través implantes subcutáneos en los animales) en la producción animal europea. Aún así según el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades calcula que la resistencia a los antibióticos provoca cada año25.000 muertes

Aunque, como vemos, la situación europea dista de ser ideal, sí es cierto que se han dado pasos importantes en el control del excesivo uso de antibióticos para ganadería. Lo que nos encontramos en EE.UU respecto de los antibióticos promotores del crecimiento, por el contrario, ha sido, y es, muy diferente. Los antibióticos son usados de forma rutinaria en la producción animal estadounidense, como lo habían estado en la UE antes de 2006. De acuerdo con la FDA, aproximadamente el 80% de todos los antibióticos usados en los Estados Unidos se destinan a ganadería y solamente el 20% a la salud humana.

De estos datos se podría desprender que estamos frente a los efectos colaterales de un proceso de evolución normal del sector, pero nada más lejos de la realidad, son en verdad el resultado directo de la aplicación de políticas públicas con el objetivo de favorecer los intereses de grandes corporaciones cárnicas. Así en Estados Unidos el número de factorías de vacuno lechero se han doblado (incremento del 93%) en la última década y actualmente agrupan a más de 5 millones de vacas, una media de 650 vacas, cada día, han pasado a ser criadas en este tipo de explotaciones ganaderas.

El número de animales destinado a vacuno de carne en granjas factoría (los famosos feedlots) agrupan a más de 14 millones de animales, añadiendo 1.100 animales cada día en la última década a estos sistemas de producción. La media de una granja de feedlot en EEUU es de 3.800 animales.

Por lo que respecta a la producción de carne de cerdo, en una década se han incrementado un 36% el número de granjas factoría y actualmente más de 65 millones de cerdos se producen en este tipo de granjas. 4.600 animales, cada día, han pasado a engrosas las filas de este tipo de producción. El tamaño medio de las granjas se ha incrementado un 42% y actualmente es de 5.200 animales.

EL TTIP, UNA AMENAZA PARA LA SALUD PÚBLICA

Estas grandes empresas necesitan ahora una vuelta de tuerca más, se trata del ensanchamiento del mercado, y a esto a lo que responde el TTIP, que tiene como uno de sus ejes fundamentales  no tanto el “abrir” fronteras a los alimentos estadounidenses sino “abrir” los órganos reguladores agroalimentarios europeos. Se trata por tanto de eliminar las barreras reguladoras que limitan los beneficios potenciales de las corporaciones transnacionales a los dos lados del Atlántico.

Para mantener sus enormes beneficios necesitan urgentemente derribar las restricciones al uso de antibióticos en Europa y así poder comercializar y producir a mayor escala, eso sí, externalizando el coste de los perjuicios causados en la salud de la población. Y es ni más ni menos que asuntos como este lo que se está ahora mismo negociando entre Estados Unidos y la Unión Europea. Es imprescindible y urgente por tanto que los ciudadanos sepamos lo que nos estamos jugando en este acuerdo y reaccionemos. Si no somos capaces de hacer descarrilar este tratado en los próximos meses sufriremos consecuencias que ni siquiera podemos llegar a imaginar.

Javier Guzmán

Director de VSF Justicia Alimentaria Global

¿A favor de quién regula la UE la alimentación ecológica? Publicado por La Marea

En Europa se está debatiendo  una nueva legislación para regular la alimentación ecológica de una forma más restrictiva. Parece que el principal argumento que se ha dado para abrir este debate son las actuales deficiencias en el sistema de control de este tipo de alimentación, pero lo que en realidad esconde es una batalla política por el control del sector. Según como acabe  esta nueva legislación se podría  favorecer los intereses de las grandes empresas y expulsar al campesinado.

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Los últimos años en España y en el resto de Europa existe una tendencia cada vez mayor por la alimentación ecológica. Se trata de una cambio de tendencia profundo que está modificando la actitud y comportamiento de amplios sectores de consumidores hacia la alimentación. España se  ha convertido en el país con mayor superficie de la UE dedicada a la producción ecológica, con 1,6 millones de hectáreas de cultivo.

El factor clave para entender este cambio de patrón está en el valor social en aumento de la salud y su relación estrecha con la alimentación. Hace no muchos años la agricultura ecológica estaba denostada no solo por los grandes operadores de la alimentación, sino por los medios de comunicación y arrinconada por la propia Administración pública. La última década se han producido cambios profundos, por una lado el avance del modelo agroecológico en la institucionalidad por parte fundamentalmente de la FAO, que ha puesto este modelo como una de las líneas estratégicas fundamentales  para luchar contra el hambre y el cambio climático, y por otro el aumento de iniciativas locales de productores y consumidores que han ido ensanchando esta alternativa a la alimentación industrializada en manos de grandes corporaciones.

La producción ecológica por tanto  ha germinado y se ha desarrollado desde los modelos de agricultura local y de pequeña escala, aún con las numerosas trabas impuestas por la propia administración pública, especialmente en España, que en su negativa de adaptar la normativa europea sobre las medidas higiénico sanitarias, como si han hecho otros países, ha estancado su crecimiento. Imponiendo la misma normativa a cumplir por ejemplo a una quesería artesana que a una industrial, con el objetivo último de favorecer a las grandes empresas e impedir el crecimiento de competencia en un territorio dónde las multinacionales no pueden competir. Cabe recordar que países como Italia o Francia, alrededor el 20% de las explotaciones hacen venta directa, en España apenas llegamos al 3%.

Esta tendencia por la alimentación ecológica ha sido analizada como no podía ser de otro modo  por las propias multinacionales de la alimentación industrial y están de una manera clara desarrollando estrategias de marketing, productos, narrativas etc. para suplir esta demanda, aprovechando su fortaleza en cuanto a capacidad de promoción y medios de comunicación así como de la debilidad de canales propios de distribución de la agricultura local. Pero aun así, los grupos y cooperativas de consumo se han ido expandiendo, cada vez podemos encontrar más tiendas, mercados etc..

Por tanto la estrategia se le ha quedado corta a la industria y ahora necesita ir más allá. Para ellos sería perfecto  que existieran nuevas regulaciones, adaptadas a sus características y  que favorezcan su modelo de producción y suponga una gran  barrera para la expansión de los sistemas alimentarios locales basados en la soberanía alimentaria. Ahora que nos encontramos con la iniciativa de la UE de lanzar un nuevo reglamento sobre la producción ecológica las presiones de la industria serán enormes.

Ellos saben perfectamente que no  se trata pues de un debate técnico de normativas, se trata en realidad de una de las grandes batallas de la alimentación del futuro. Se trata de dirimir en manos de quién queda la alimentación del futuro, del campesinado y los consumidores o en manos de las grandes corporaciones como hasta ahora.

Javier Guzmán

Director de VSF Justicia Alimentaria Global

 

Ponga un Hub en su mesa: Superando los “mercabarnas”. Publicado por La Marea

La clave de la transformación alimentaria estará en repensar el sistema de distribución y logística adaptado a un consumo local, ecológico y justo.

El actual modelo alimentario se encuentra en una encrucijada histórica. Un hecho obvio es que  el mundo es cada vez más urbano y los próximos años la tendencia continuará, y por ello es clave la relación entre el mundo urbano y los alimentos y su relación con las áreas rurales cercanas. Por otro lado  existe cada vez más un interés y demanda por consumir alimentos locales y ecológicos y el número de hectáreas dedicadas a este tipo de producción sigue en una tendencia alcista.  España es el país de la UE que más superficie dedica a la  producción ecológica con 1.610.129 hectáreas, aunque el 80% de destina a la exportación.

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Estas dos tendencias suponen la gran oportunidad de cambiar el actual  modelo agroalimentario basado en grandes cadenas de distribución, alimentos kilométricos y alimentos altamente procesados.

El gran reto consiste en cómo organizar el abastecimiento de alimentos a grandes ciudades de una manera sostenible, tanto en términos de flujos energéticos, y logísticas y que además llegue a amplias capas de la población.

En la actualidad la alimentación de las ciudades depende de manera mayoritaria de las grandes cadenas de distribución, en España más del 70% (MAGRAMA), provocando una rápida desaparición de miles de tiendas de barrio. Este tipo de consumo ha ido transformando las ciudades desconectando la alimentación de los propios barrios y llevándonos inexorablemente  hacia una forma de consumo que es insostenible tanto para los agricultores  en términos económicos, como para los consumidores en términos de salud.  Vemos como en España, por ejemplo, el 60% del beneficio del precio final del producto se queda en la gran distribución, en cambio la renta agraria media se encuentra por debajo de la de 1990. Del lado de los consumidores vemos cómo el precio de alimentos como las frutas y las verduras ha aumentado un 300% durante los últimos años en la mayor parte del mundo. En cambio, el precio de los alimentos calóricos que favorecen el sobrepeso y la obesidad se ha reducido a la mitad en el mismo período. Lo que ha provocado una crisis de obesidad y de enfermedades relacionadas con la mala alimentación.

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Los últimos años hemos visto como a pesar de este poder hegemónico de la distribución la tendencia por el consumo ecológico y local se ha abierto paso a través de diferentes alternativas, cooperativas de consumo, compra pública de alimentos, etc..,  pero todas ellas se encuentran con  el limitante de la propia  capacidad de expansión de su experiencia y por tanto de multiplicación.  Nos encontramos en estos modelos alternativos algunas paradojas difíciles de resolver. Por un lado la fragmentación de las experiencias que dificulta la coordinación, la “deseconomías” debidas a la pequeña escala que en ocasiones encarece el producto, la necesidad de tiempo y voluntarismo que nos siempre es posible para los productores  y consumidores y por último las carencias a nivel logístico provocan un mayor impacto en costes.

Por tanto ha llegado la hora que las ciudades se tomen en serio la alimentación de sus ciudadanos y  es urgente que  inicien procesos a través de políticas públicas e inversión hacia una transición a un sistema alimentario principalmente de base local sostenible y accesible.

La  clave de este proceso  estará en repensar el sistema de distribución y logístico, y crear uno propio adaptado a este modelo de producción y consumo.

En VSF Justicia Alimentaria Global llevamos años estudiando  propuestas realizadas en otros países y vemos como una de las  más viables e innovadoras son la creación de Centros regionales  de distribución alimentaria o HUB alimentarios apoyados por las administraciones públicas, que por otro lado llevan años funcionando en ciudades de Estados Unidos y de Europa como es el caso de la ciudad de Turín con su Food Hub TO Connect (FHTC)  que es un proyecto de innovación social, ganador de la convocatoria Smart Cities and Communities and Social Innovation del 2013 gestionado por el MIUR (Ministerio de Educación e Investigación italiano)

Se trata de superar los límites del sistema de alimentos local con el fin de garantizar una mayor sostenibilidad y favorecer una creciente localización de la producción y del consumo de alimentos. Este tipo de proyectos puede realizar diferentes servicios que ayuden a   racionalizar el proceso logístico de los productos locales con cadena de distribución corta, a través de la capacidad de agregar  oferta y demanda, poner en contacto a todos los actores del sistema para generar una sistema distribución que llegue a  puntos de venta clave  como son los mercados locales, tiendas de barrio y compra pública de alimentos.

De esta manera los centros regionales de distribución alimentaria aumentan el acceso al mercado para los productores locales y regionales, muchos agricultores y ganaderos, especialmente los más pequeños, se ven amenazados por la falta de una infraestructura de distribución y procesamiento de magnitud adecuada que les brindaría mayor acceso a los mercados minoristas, administraciones públicas. Haciendo posible  que los consumidores puedan tener acceso adecuado y fácil a alimentos locales y de calidad y por  otro los productores obtienen un sistema de puntos  de venta   coherentes con la propia filosofía de producción y un pacto de distribución de márgenes y renta equilibrado.

Por último las ciudades obtienen un impulso al tejido económico de barrio, reconexión de espacios de la ciudad, y una vida diurna y propia en las calles. Aquí cabe recordar  uno de los mayores estudios comparativos que existen y que  realizó la New Economics Foundation (NEF)en Inglaterra. El estudio concluyó que un sistema basado en mercados municipales y circuitos alimentarios cortos genera el doble de puestos de trabajo que otro basado en supermercados.

En Estados Unidos esta experiencia lleva años abriéndose paso y desarrollándose, y en este momento cuentan con 168 centros regionales.

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En nuestro país, aún ninguna administración pública ha dado el paso .Las experiencias y el conocimiento están ahí, los productores y consumidores preparados, sólo queda que exista voluntad política  y apostar de verdad por la transformación del  sistema alimentario.

Javier Guzmán

Director de VSF Justicia Alimentaria Global

El hambre que engorda o el cambio de paradigma. Publicado por el País.

Nadie pone en duda que los últimos 20 años hemos sufrido un dramático cambio en nuestro sistema alimentario generado por la aplicación de políticas neoliberales, las famosas revoluciones verdes, que han puesto nuestra alimentación en manos de multinacionales. Según las declaraciones realizadas en el marco de la II Conferencia Internacional de Nutrición organizada conjuntamente por la FAO y la OMS en Roma a finales de 2014, ellas son la principal causa de generación de pobreza, hambre, enfermedad, desigualdad y cambio climático.

Los efectos de este cambio en el sistema alimentario global son evidentes Por un lado tenemos la cifra imposible de más de 800 millones de personas que padecen hambre y, por otro lado, unos 1.400 millones de personas padecen obesidad o sobrepeso en el mundo, según la OMS. No hace falta decir que estas malas dietas se relacionan con problemas cardiovasculares, diabetes, osteoartritis y algunos cánceres.

Nadie pone en duda que los últimos 20 años hemos sufrido un dramático cambio en nuestro sistema alimentario generado por la aplicación de políticas neoliberales, las famosas revoluciones verdes, que han puesto nuestra alimentación en manos de multinacionales. Según las declaraciones realizadas en el marco de la II Conferencia Internacional de Nutrición organizada conjuntamente por la FAO y la OMS en Roma a finales de 2014, ellas son la principal causa de generación de pobreza, hambre, enfermedad, desigualdad y cambio climático.

El 65% de la población mundial vive ya en países donde hay más muertos por comer de más que por comer de menos

Sin embargo, las cifras hablan: el 65% de la población mundial vive ya en países donde hay más muertos por comer de más que por comer de menos. Un claro informe por el Instituto de Desarrollo de Ultramar a principios de este año mostró que más de un tercio de los adultos del mundo tienen sobrepeso y que casi dos tercios de las personas con sobrepeso en el mundo se encuentran en países de bajos y medianos ingresos. El número de personas obesas o con sobrepeso en los países empobrecidos aumentó de 250 millones a casi mil millones en menos de tres décadas, y estas tasas están aumentando mucho más rápido que en los países ricos.

Así, nos encontramos datos como que, en Colombia, el 41% de la población tiene sobrepeso; en Namibia, el 21% de las mujeres tienen sobrepeso; en Zimbabwe más del 23%.

En términos económicos se traduce en que los costes de la desnutrición y las carencias de micronutrientes representan entre el 2% y el 3% del PIB mundial, lo que equivale a entre 1,4 y 2,1 mil millones de dólares por año. Aunque no se dispone de estimaciones globales de los costes económicos del sobrepeso y la obesidad, se calcula que el coste acumulativo de todas las enfermedades no transmisibles —en relación con las cuales el sobrepeso y la obesidad están entre los principales factores de riesgo— ascendió a alrededor de 1,4 mil millones de dólares en 2010.

El número de personas obesas en los países empobrecidos aumentó de 250 millones a casi mil millones en menos de tres décadas

Hasta la fecha, la mayor parte de las estrategias puestas en marcha para luchar contra la vulneración del derecho a la alimentación se dedicaron al aumento de la producción, sobre todo de granos básicos a bajo coste y globalización del mercado de alimentos. Ahora sabemos que, además de los nefastos efectos en la agricultura,  estas políticas han provocado el aumento de la desnutrición proteico-energética y la desnutrición asociada. Además, no han tenido en cuenta los cambios sociales y económicos de las últimas décadas como, por ejemplo que la población es cada vez más urbana (en los años 80 era el 26% y actualmente es del 51%).

La división entre las dos poblaciones (rural y urbana) es cada vez más difusa, y cada vez hay menos población agrícola (en los ochenta, la población que producía alimentos era del 69% y actualmente es de menos de un 45%). Cabe destacar que el sistema de distribución y comercio de los alimentos también ha sufrido cambios trascendentales, entre los que destaca la reducción del consumo basado en productos que provienen de mercados locales,extendiéndose de manera creciente los sistemas de distribución de larga distancia

Se trata, por tanto, de un cambio tan transcendental que amerita el replanteamiento por parte de organizaciones internacionales y gobiernos sobre las políticas y estrategias sobre el derecho a la alimentación. El hambre y la mala alimentación tienen la misma causa y es el fracaso absoluto de las políticas actuales neoliberales y urge trabajar e invertir en un modelo basado en el fomento de la agricultura familiar campesina y los mercados alimentarios locales como pieza clave para asegurar el Derecho Humano a la alimentación.

Javier Guzmán es director de VSF Justicia Alimentaria Globa

Las mentiras de la “Agricultura Climáticamente Inteligente”. Publicado por El País

A estas alturas, después de haber sufrido varias oleadas de las llamadas revoluciones verdes, sabemos que el actual sistema alimentario mundial no ha sido capaz de cumplir con el que debe ser su objetivo principal que no es otro que alimentar a las personas. Las cifras hablan por sí solas. Este año más de mil millones de personas sufrirán hambre. Pero no sólo eso, sino que este modelo de agricultura industrial —con sus grandes multinacionales, paquetes tecnológicos, créditos, semillas transgénicas, alimentos kilométricos— es uno de los causantes del actual proceso de cambio climático.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) estima que la agricultura es responsable de cerca del 14% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI), un volumen similar al originado por el sector del transporte. Pero, a este porcentaje además hay que sumarle las emisiones provenientes de la fabricación de fertilizantes, transporte, envasado y distribución de alimentos, llegaríamos a una cifra del 40%.

Esta crisis climática repercute directamente en la generación de más hambrientos y expandiendo los efectos de la crisis alimentaria que están viviendo numerosas poblaciones. Nadie pone en duda que la producción agrícola no puede menguar en las próximas décadas si se quiere resolver la demanda producida por el crecimiento demográfico. Hay, sin duda, un consenso internacional sobre la necesidad de abordar este asunto de manera urgente y está en las agendas de gobiernos, organismos internacionales y sociedad civil… Pero, si bien está en sus agendas, podríamos decir que no de la misma manera y, además, con objetivos bien distintos. Unos ven esta situación como una necesidad urgente a resolver. Son los movimientos campesinos y organizaciones como la propia FAO, que tienen en común la reivindicación de un cambio en el modelo alimentario actual hacia otros más sostenibles, descentralizados y de base campesina. En definitiva, una apuesta por el modelo de producción agroecológica como única vía posible para luchar contra el hambre y el cambio climático.
Esa apuesta ha pasado de verse como “alternativa” a convertirse en la solución más clara, evidente y factible a estos enormes retos. Y en los últimos ha quedado ratificada de manera científica. Cómo ejemplo de esto, podemos ver el informe anual del Relator especial sobre el Derecho a la Alimentación, Olivier de Shutter en el año 2011, donde se demostraba que la producción agroecológica dobla y triplica el rendimiento de las técnicas industriales.

Otro ejemplo sería el estudio sobre el actual modelo agrícola que nos lleva a un callejón sin salida, de Wilian Cline, Global Warming and Agriculture, donde habla de una reducción del potencial de producción agrícola en un 3% para el 2080, siendo para África del 16%. Sin embargo, otros ven en este aumento demográfico, crisis alimentaria y climática una oportunidad de negocio que no se puede dejar escapar. ¿Se imaginan el beneficio que se puede obtener de alimentar a 9.000 millones de personas que se estima que habitarán el planeta en 2050? En este nuevo Dorado se han zambullido desde hace años grandes multinacionales del agronegocio, promotoras de la agricultura industrial y fundamentalmente de las semillas transgénicas. Unas empresas que en la última década están desarrollando distintas estrategias en alianza con estados ricos y organizaciones internacionales, como el Banco Mundial y fundaciones privadas “filantrópicas” que, con la excusa de acabar con el hambre y luchar con el cambio climático, intentan (de nuevo) imponer el modelo fracasado de revolución verde, pero esta vez de una manera más sutil, utilizando los programas de cooperación internacional.

El fracaso de tal modelo agrícola ha quedado demostrado en numerosos estudios, pero si acaso quédense con este reciente de 2013: Sustainability and innovation in staple crop production in the US Midwest, dirigido por dirigido por Jack Heinemann de la Universidad de Canterbury, Nueva Zelanda. En él, se describe cómo el sistema básico de cultivo del Medio Oeste de los Estados Unidos —donde predominan los cultivos modificados genéticamente—, se está quedando atrás con respecto a otras regiones de desarrollo económico y tecnológico similares. Europa Occidental, por ejemplo, supera a EE UU (y Canadá) en cuanto a rendimientos, diversidad genética y resiliencia de los cultivos, así como el bienestar de los agricultores. Pues bien, ciertas multinacionales, de la mano del Banco Mundial, han encontrado una nueva estrategia para que los países más empobrecidos adopten este tipo de agricultura. Y lo hacen a través de financiaciones millonarias. Tienen prisa. Están observando que la agroecología se va abriendo paso en foros sociales, económicos y científicos.

Recientemente, esta nueva estrategia ha dado un paso más con el lanzamiento de una campaña y financiación para lo que han venido en llamar “agricultura climáticamente inteligente”, que presentan como solución para resolver el cambio climático e incrementar el ingreso de los campesinos pobres. Pero es lo mismo de siempre: ahondar en los postulados de su modelo industrial. Para ello, el pasado septiembre se lanzó en Nueva York la Alianza Global para la Agricultura Climáticamente Inteligente, que tiene como novedad que se compensará a este tipo de programas bajo ese título con créditos en los mercados de carbono. Unas prácticas que promueven la especulación con la compraventa de emisiones y el acaparamiento de tierras.

Con ese sugerente nombre se nos invita a creer que el pequeño campesino del Sur está creando una barricada contra el cambio climático, siendo sus suelos secuestradores de carbono. Más aún, estarían aumentando su capacidad de resiliencia, fortaleciendo su soberanía alimentaria y recibiendo cuantiosos ingresos. Nada más lejos de la realidad. Por un parte, sabemos que no hay prueba alguna de que los mercados de carbono hayan contribuido a disminuir las emisiones derivadas de los combustibles fósiles en todo el mundo. Lo único que han hecho es desplazar la responsabilidad de hacerlo a los países del Sur. Mientras que los ricos no solo han aumentado sus niveles de contaminación, sino que además hacen negocio de ello. Por otro lado, vemos que en aquellos lugares donde se han iniciado este tipo de proyectos —como el promocionado por el Banco Mundial en Kenya y con la participación de la Fundación Sygenta—, ha servido fundamentalmente para cambiar las variedades autóctonas de maíz por otras híbridas y, por tanto, asegurando el suministro de agroquímicos necesarios para este tipo de cultivos.

Frente a esta nueva amenaza es necesaria una reacción rápida de los movimientos sociales, organizaciones científicas, ONG de desarrollo y organismos internacionales, que puedan desenmascarar este tipo de prácticas. En este sentido, la propia FAO expresó recientemente en un congreso sobre Agroecología la legitimidad científica de esta. Así, el director de este organismo, Da Silva, citó una carta firmada por 70 académicos que se oponen abiertamente al modelo de agricultura climáticamente inteligente. Y promovían, sin embargo, la legitimidad científica y social de la agroecología.

Con todo, ahora que la Alianza está lanzada —y que en breve empezaremos a ver sus iniciativas y a las agencias de cooperación incluirlo en sus propuestas— es imprescindible un llamamiento a la movilización a las ONG, las organizaciones campesinas y la sociedad civil en general, para no dejarnos vencer con esta nueva amenaza. Que no nos engañen: la agricultura climáticamente inteligente está creada para servir a dos objetivos, a saber, engordar los mercados de carbono y aumentar las ganancias y el control de la agroindustria. Por el contrario, la agroecología tiene como objetivo asegurar la alimentación de sus poblaciones y generar sistemas sostenibles. No son dos modelos distintos ni complementarios como nos quieren hacer creer, sino antagónicos.

 

Javier Guzmán

Director de VSF Justicia Alimentaria Global